viernes, 10 de julio de 2020

Grandes mitos sobre el capitalismo #3: Intereses económicos, codicia y moral.


Intereses y motivos. 

"En economía política, la libre investigación científica tiene que luchar con enemigos que otras ciencias no conocen. El carácter especial de la materia investigada levanta contra ella las pasiones más violentas, más mezquinas y más repugnantes que anidan en el pecho humano: las furias del interés privado" explicaba Karl Marx. Ciertamente, una línea de pensamiento capaz de perdurar a través de los tiempos.

Tanto Marx, como otros economistas, incluso diametralmente opuestos en cuanto a filosofía política, han esgrimido el mismo argumento a lo largo de la historia. Por ejemplo, uno de los economistas keynesianos más famoso del siglo pasado, John Kenneth Galbraith tenía un estilo argumentativo que se basaba fundamentalmente en dos pilares: a) reducir al absurdo la argumentación para no necesitar refutación ni confirmación alguna y b) imputar a sus enemigos intereses económicos en la defensa de sus teorías. Por ejemplo, en su último libro, descrito por él mismo como su "testamento intelectual", desde un principio aseguraba que la teoría económica conveniente es aquella "que resulta útil a los intereses económicos, políticos y sociales dominantes". De hecho, el "fraude inocente" del título del libro (La economía del fraude inocente), hacía referencia al inconsciente autoconvencimiento de los estratos dominantes para adoptar una teoría económica que vaya en su provecho.

Siguiendo esta argumentación, deberíamos preguntar a Galbraith (después de que él mismo reconoció que durante casi toda su vida ha trabajado para el Gobierno) cuáles fueron los intereses económicos por los que se movió su teoría intervencionista ¿es que acaso Galbraith fue la excepción de su propio razonamiento? Debemos suponer que así lo creyó él, como otros tantos "iluminados" que han pasado por este sombrío mundo de "intereses egoístas".

Probablemente esta sea la forma más baja de desautorizar a alguien. Según los marxistas, uno no puede defender el capitalismo si es pobre o no tiene "medios de producción" en su poder. Existe una predestinación ideológica de acuerdo a las "clases", existe algo denominado "consciencia de clases". Claro, dicha predestinación solo la pueden definir ellos. Ellos eligen quien está "alienado" por el sistema, y quien es el "iluminado" capaz de erigirse como "guía" hacia la "ola del futuro". No era ciertamente proletaria la sangre del doctor Marx, ni la de Engels, industrial y "explotador", ni la de Lenin, vástago de noble ascendencia rusa. Hitler y Mussolini, en cambio, sí eran auténticos proletarios; ambos conocieron bien la pobreza en su juventud. Antes de imputar "intereses de clases", hay que preguntarse ¿que definimos por "clases? y principalmente ¿quién decide que personas pertenecen a dichas "clases"? El hecho de que el argumento de los intereses personales se puede invertir y utilizar en contra del adversario deja entrever lo frágil que es. Como en otras cosas, esto solo abre la puerta a la arbitrariedad, los ataques personales y da rienda suelta a las emociones.

Quizá resultará raro, pero las reacciones negativas hacia las empresas no se limitan a los socialistas u otros sistemas económicos alternativos. Incluso Adam Smith, el "santo patrón" del capitalismo de laissez-faire, solía dar descripciones negativas sobre los empresarios, lo que se puede comprobar a lo largo de las cientos de páginas de su clásico "La riqueza de las naciones". Estas descripciones recurrentemente negativas de los capitalistas no tuvieron par durante más de medio siglo, hasta la llegada de Karl Marx. No obstante, Adam Smith se convirtió en el más famoso defensor del libre mercado, precisamente porque él consideraba que las intenciones e inclinaciones particulares eran mucho menos relevantes para determinar los resultados económicos que los efectos sistémicos de la competencia del mercado. Para Smith, los efectos beneficiosos de los mercados libres no eran la intención, en ningún caso, de los capitalistas individuales.

De la misma forma, Bastiat, un gigante olvidado de la economía clásica, también solía describir a los empresarios de manera negativa a pesar de defender un sistema en donde se les dejaba plena libertad para actuar. Llegó a afirmar que "La competencia ha sido y será siempre problemática para aquellos que tienen que competir", por lo que para él "Son los capitalistas quienes han sugerido la idea del nivelamiento de las fortunas por la ley. El proteccionismo es el precursor del comunismo; digo aún más, ha sido su primera manifestación".

Décadas después, probablemente la mente liberal más influyente en el siglo XX, Ludwig von Mises, en un pasaje de su clásico tratado de economía "La acción humana", llegaría a decir algo similar: "Los ricos, los propietarios de las instalaciones fabriles, no tienen especial interés en mantener la libre competencia. Quieren que no se les confisquen o expropien sus fortunas; pero, en lo que atañe a los derechos que ya tienen adquiridos, más bien les conviene la implantación de medidas que les protejan de la competencia de otros potenciales empresarios. Quienes propugnan la libre competencia y la libertad de empresa en modo alguno están defendiendo a los hoy ricos y opulentos; lo que realmente pretenden es franquear la entrada a individuos actualmente desconocidos y humildes, los empresarios del mañana, gracias a cuya habilidad e ingenio se elevará el nivel de vida de las masas; no desean sino provocar la mayor prosperidad y el máximo desarrollo económico; forman, sin lugar a dudas, la vanguardia del progreso".

Milton Friedman, otro gran defensor de los mercados libres, en una entrevista explicaba que los dos grandes enemigos del mercado libre, además de sus colegas académicos, eran la propia gente de negocios: "La gente de negocios es enemiga del mercado libre, no amiga" afirmaba, y a continuación explicaba la razón: "Rápidamente puedes conseguir a cualquier líder empresarial para que te dé un discurso elegante sobre las virtudes de los mercados libres. Pero cuando se trata de sus propios negocios ellos quieren ir a Washington para obtener una tarifa especial y proteger su negocio, quieren una reducción fiscal especial, quieren un subsidio especial (...) En general, la mayoría de los empresarios son enemigos del mercado libre".

Enfoque sistémico.   

Lo que llevó a estos hombres a defender la economía de mercado coordinada por precios y la libre empresa como la mejor forma de organización económica y social, fue un riguroso análisis sistemático. Por ejemplo, Thomas Sowell, iniciaba su tratado "Economía básica" de la siguiente forma: "La economía es mucho más que una manera de observar patrones o de desenmarañar anomalías confusas. Su preocupación fundamental es el nivel material de vida de la sociedad en su conjunto y cómo éste se ve afectado por decisiones específicas a cargo de individuos e instituciones. Una de las maneras de estudiar esto es observando las políticas económicas y los sistemas económicos en función de los incentivos que crean, en vez de los objetivos que persiguen. Esto quiere decir que los resultados son más importantes que las intenciones; y no solamente los resultados inmediatos, sino también las repercusiones que a la larga tienen todas las decisiones, las políticas y las instituciones".

Por ello, para Sowell: "Nada es más fácil que tener buenas intenciones. Pero cuando no se entiende cómo funciona una economía, las buenas intenciones pueden llevar a consecuencias desastrosas para naciones enteras. Muchos, quizá la mayoría, de los desastres económicos han resultado de políticas que pretendían ser beneficiosas. Todos aquellos desastres podrían haberse evitado si quienes propusieron y apoyaron las políticas que los produjeron hubieran entendido de economía".

El papel del economista es ver más allá de las buenas intenciones, y de los resultados inmediatos, es analizar hasta las últimas consecuencias las políticas propuestas. De ahí Frederic Bastiat, explicara que "Para juzgar una decisión determinada, se hace necesario analizarla a lo largo de una serie sucesiva de resultados, hasta llegar a conocer su efecto definitivo. Y, olvidándonos de las palabras grandilocuentes, debemos limitarnos a razonar". Por tanto, según él, "Toda diferencia entre un mal y un buen economista es ésta: uno se limita al efecto visible; el otro tiene en cuenta el efecto que se ve y los que hay que prever". Hazlitt en su clásico "Economía en una lección" ampliaría este punto explicando que "El mal economista sólo ve lo que se advierte de un modo inmediato, mientras que el buen economista percibe también más allá. El primero tan sólo contempla las consecuencias directas del plan a aplicar; el segundo no desatiende las indirectas y más lejanas. Aquél sólo considera los efectos de una determinada política, en el pasado o en el futuro, sobre cierto sector; éste se preocupa también de los efectos que tal política ejercerá sobre todos los grupos". Finalizaba diciendo que "El arte de la Economía consiste en considerar los efectos más remotos de cualquier acto o política y no meramente sus consecuencias inmediatas; en calcular las repercusiones de tal política no sobre un grupo, sino sobre todos los sectores".

La especulación sobre los sentimientos de los individuos, incluyendo su codicia, intereses egoístas, y demás, es por lo general inútil, pero incluso si fuesen ciertos algunos de los reclamos ¿eso nos dice algo respecto a la economía? Claramente no, de la misma forma que tener "buenas intenciones" no garantiza el éxito económico.

De ahí que Sowell concluyera su tratado diciendo que: "A pesar de lo útil que la economía puede ser para el entendimiento de muchos temas, no es tan emocionalmente gratificante como otras representaciones más personales y melodramáticas de los mismos temas que a menudo se pueden encontrar en la prensa y en la política. Las preguntas estrictamente empíricas muy pocas veces son tan emocionantes como las cruzadas políticas o los categóricos pronunciamientos morales. Pero las preguntas empíricas son preguntas que se deben realizar si realmente estamos preocupados por el bienestar de los demás, y no por la simple emoción o por atribuirnos un sentido de superioridad moral. Ésta es tal vez la distinción más importante entre lo que suena bien y lo que funciona. Lo primero puede ser suficiente para propósitos políticos o para atribuirse superioridad moral, pero no para el mejoramiento económico de la población en general o de los pobres en particular. Para aquellos que están dispuestos a detenerse y analizar las cosas, los principios económicos básicos proveen herramientas para evaluar las políticas y propuestas en términos de sus implicaciones lógicas y consecuencias empíricas".

Codicia y mercado.

¿El libre mercado, como un mecanismo para acuerdos mutuos, facilita la codicia de la misma manera que facilita la realización de los deseos de las personas? Con seguridad, podemos asegurar que no evita la codicia, pero produce una retribución, proveyendo a otros las cosas que desean, para así poder hacer que entreguen su dinero de forma voluntaria. Sin embargo, una pregunta más relevante es si otros sistemas económicos, incluyendo aquellos basados en principios altruistas e igualitarios, terminan siendo sistemas con menos codicia que uno que depende de los precios para asignar recursos escasos.

¿Quién no ha escuchado historias de políticos que se llenan la boca hablando de "redistribución del ingreso", "justicia social", "lucha de clases" y sin embargo, en la práctica ellos se enriquecen mientras el largo de la población se muere de hambre? Aunque los sistemas socialistas, incluyendo la versión comunista, comenzaron como intentos por aplicar principios igualitarios, en la Unión Soviética y los países del bloque comunista en general abundan ejemplos en los que el bienestar de millones de personas fue sacrificado por el de aquellos que controlaban el poder político. En un nivel estrictamente económico, la "nomenklatura" gobernante de la Unión Soviética tenía tiendas en las que sólo ellos podían realizar compras, al igual que otras instalaciones gubernamentales a las cuales sólo ellos tenían acceso. Éstas eran, por supuesto, las mejores tiendas, con la oferta más abundante de los productos más demandados. Además, las viviendas, el cuidado médico y otras instalaciones disponibles para los líderes del Partido Comunista eran de igual manera las mejores. La retórica sobre la igualdad, igualitaria en términos de "camarada" y "democracia popular", no estuvo a la altura de la realidad de la codicia, especialmente cuando esa codicia podía utilizar el poder de un Estado totalitario, en lugar de tener que proveer lo que otras personas deseaban para poder ganarse su dinero.

Incluso en un país democrático como la India, la era de controles gubernamentales masivos sobre la economía, que duraron casi medio siglo, desde su independencia en 1947 hasta el comienzo de la última década del siglo XX, fue una era de corrupción masiva, tanto por parte de funcionarios de alto rango como de innumerables burócratas insignificantes, cuyos permisos eran necesarios para hacer prácticamente todas las cosas ordinarias que la gente realiza según su voluntad en una economía de libre mercado. El pago generalizado de sobornos era sólo una parte de ese coste. Se ha estimado que la ineficiencia de los controles burocráticos intrusivos ha costado a la economía vastas cantidades de producción que pudo haber hecho que el ingreso promedio de los indios se incrementase en varios cientos de dólares al año. En uno de los países más pobres del mundo, donde la malnutrición ha sido un serio problema para muchos, una pérdida como ésta es más significativa de lo que sería para el estadounidense promedio si su ingreso fuese unos cuantos cientos de dólares más alto o más bajo.

Al otro lado del mundo, Eva Perón, líder de "los descamisados" en sus discursos afirmaba: "Nunca olvides que lo único que un rico te va a dar, es siempre más pobreza", "cuando los ricos piensan en los pobres, tienen ideas pobres", entre otras citas. Al morir, muchas de sus pertenencias fueron exhibidas, y ciertamente no se podría decir que vivía una vida "modesta" acorde a lo que predicaba. Perón tenía una enorme colección de motocicletas y autos de lujo, tanto nacionales como internacionales. Evita ostentaba numerosas joyas, y objetos lujosos, vestidos carisimos, zapatos y una enorme cantidad de ropa de primera calidad. En el tiempo que gobernaron se volvieron millonarios, mientras tanto, el país sufrió uno de los estancamientos económicos y sociales más escalofriantes del mundo. Fidel Castro, santo patrono del Socialismo del siglo XXI y emblema mítico de la lucha contra el capitalismo, cosechó una fortuna que lo llevó a estar entre los diez líderes mundiales más ricos del mundo, según la revista Forbes. Hoy en día se puede ver a la hija de Hugo Cháves organizando fiestas en yates privados, y siendo descrita "la persona más rica de Venezuela". Entre tanto, Venezuela se encuentra en una situación comparable a la de muchos países de África Subsahariana. Cuando su padre era gobernante de aquel país decía cosas como "Ser rico es malo, es inhumano. Así lo digo y condeno a los Ricos". Este patrón lo podemos encontrar incluso entre intelectuales izquierdistas de las naciones occidentales más desarrolladas. Se hartan de maldecir y echar gritos al aire contra "los ricos repulsivos y al capitalismo salvaje", por ejemplo Bernie Sanders cuya fortuna se cuenta en millones de dólares. Más asombroso es que consiguió esta cantidad de dinero literalmente haciendo nada. Y no es una exageración. Alrededor de los 49 años de carrera que lleva en la política, pocas cosas a destacar ha realizado.

En resumen, la codicia puede florecer bajo sistemas económicos muy diferentes. La única pregunta verdadera es: ¿cuáles son las consecuencias reales en cada uno de estos sistemas? Poder satisfacer el deseo de triunfar en un negocio al encontrar maneras de bajar los precios y de esa forma expandir el mercado para la producción es muy diferente a un sistema en el que el mismo deseo se puede satisfacer más fácilmente mediante el poder político. En otras palabras, la codicia no es el producto de un sistema económico en particular, sino algo con lo que todos los sistemas económicos, políticos y sociales tienen que lidiar de una forma u otra.

Moral, valores y mercado.

El mercado es tan moral o inmoral como la gente que lo conforma. Lo mismo sucede con el gobierno. El hecho de que llamemos a un grupo de personas "el mercado" cuando realizan transacciones entre ellos y a otro grupo de personas "sociedad" cuando ejercen poder político sobre otras no quiere decir que la moral u otras imperfecciones del primer grupo de personas justifiquen de forma automática que el segundo grupo de personas imperfectas desautorice sus decisiones. Al igual que la economía, el mercado no es una entidad separada con sus propios valores. El mercado son personas que toman sus propias decisiones individuales y hacen sus propios acuerdos mutuos. Cuando los mercados son vistos en términos de si las economías de mercado promueven un cierto comportamiento moral y cómo afecta a la codicia o la justicia entre los individuos o grupos, surgen los problemas sociales y morales.

Al respecto, Ludwig von Mises expresó: "Todo lo que la política puede hacer es eliminar las causas externas del sufrimiento y de la pena; puede promover un sistema que dé pan a los hambrientos, vestidos a los desnudos y un techo a los desheredados. Pero la dicha y la felicidad no dependen del alimento, del indumento y del cobijo, sino de todo lo que se guarda en el interior del hombre. Si el liberalismo fija su atención exclusivamente en los bienes materiales, no es porque minusvalore los bienes espirituales, sino porque está convencido de que lo que hay de más alto y profundo en el hombre no puede quedar sometido a reglas externas. Trata de crear tan sólo el bienestar exterior, porque sabe que la riqueza interior, la riqueza espiritual, no puede venir al hombre desde fuera, sino sólo desde su interior. No quiere sino crear las condiciones preliminares para el desarrollo integral de la vida interior".

Adam Smith, quien es considerado el padre de la economía de laissez-faire, donó gran parte de su propio dinero a personas menos afortunadas, aunque lo hizo con tal discreción que este hecho sólo fue descubierto después de su muerte, cuando se analizaron sus finanzas personales. Henry Thornton, uno de los principales economistas monetarios del siglo XIX y banquero de profesión, regalaba más de la mitad de su ingreso anual hasta que se casó y tuvo que mantener a su familia, y continuó realizando grandes donaciones a causas humanitarias después de ello, incluyendo el movimiento antiesclavitud.

Las primeras bibliotecas públicas de la ciudad de Nueva York no fueron establecidas por el gobierno, sino por el emprendedor industrial Andrew Carnegie, quien también puso en marcha la fundación y la universidad que llevan su nombre. John D. Rockefeller también estableció la fundación que lleva su nombre y la Universidad de Chicago, al igual que creó muchas otras organizaciones filantrópicas. Al otro lado del mundo, el Instituto Tata en Bombay fue fundado por el principal industrial de la India, J. R. D. Tata, como una organización académica, mientras que otra importante familia empresarial, los Birlas, establecieron numerosas instituciones sociales y religiosas por toda la India. 

Estados Unidos, que ha llegado a epitomizar el capitalismo ante los ojos de muchas personas alrededor del mundo, es un país peculiar al tener cientos de universidades, hospitales, fundaciones, bibliotecas, museos y otras instituciones creadas con las donaciones de individuos privados, muchos de los cuales son personas que ganaron su dinero en el mercado y luego destinaron gran parte de él, en algunos casos la mayoría, a ayudar a los demás. En 2007, la revista Forbes publicó una lista de media docena de estadounidenses que han donado varios miles de millones de dólares a fines filantrópicos. La más grande de estas donaciones han sido los 42.000 millones de dólares de Bill Gates, el 42 por ciento de su fortuna. El porcentaje más alto de una fortuna donada por un millonario estadounidense ha sido el 63 por ciento, por Gordon Moore. Para la población estadounidense en su conjunto, la cantidad de donaciones filantrópicas por persona es mucho mayor de lo que es en Europa. El porcentaje de la producción total del país que se dona causas filantrópicas es más de tres veces de lo que se dona en Suecia, Francia o Japón.

Como dijo Sowell "El mercado como un mecanismo para la asignación de recursos escasos que
tienen usos alternativos es una cosa; lo que alguien elija hacer con la riqueza resultante es otra".

El "mercado" no puede decirles a las personas en que gastar su dinero, o que pueden realizar en su tiempo libre. Pero como humanos, cada uno de nosotros tiene aspiraciones, por así decirles, superiores. El progreso material, permite que la gente se enfoque en ellas. Probablemente el intelectual Llewellyn H. Rockwell Jr. en su libro "Fascismo contra Capitalismo" no lo habría dicho mejor cuando dijo que: "En algún momento de nuestras vidas todos nos damos cuenta de que todo el dinero y todo el poder y los bienes que podemos acumular nos serán inútiles tras morir. Incluso las grandes fortunas pueden desaparecer después de una generación o dos. El legado que dejaremos en esta tierra se reduce a los principios por los que vivimos. Las ideas que sostenemos y la manera en que las aplicamos son las fuentes de nuestra inmortalidad".

miércoles, 8 de julio de 2020

Mitos sobre el mercado y los monopolios.


¿Qué es un monopolio?

A la hora de hablar sobre los "monopolios", surgen bastantes complicaciones al respecto. El principal problema que existe, es sobre que definimos como "monopolio". Para nosotros, la única definición posible de monopolio, es una concesión de privilegios por parte del gobierno. Por tanto, la única manera de que el gobierno disminuya los "monopolios", si eso es lo que desea, es eliminar sus propias concesiones de monopolios: patentes, subsidios, protección, regulaciones, y por supuesto, dejar de promover la cartelización.

En siglos pasados, se necesitaba el permiso del gobierno para abrir empresas en muchas áreas de la economía, especialmente en Europa y Asia, y se otorgaban derechos de monopolio a aquellos que pagaban directamente al gobierno por ellos; o a quienes sobornaban a los funcionarios que tenían el poder de otorgarlos; o a ambas cosas a la vez. Sin embargo, a finales del siglo XVIII, el desarrollo de la economía había alcanzado un punto en que un gran número de personas entendían lo perjudicial que resultaban estas prácticas para la sociedad en su conjunto, y comenzaron a presionar para liberar la economía de los monopolios y el control gubernamental.

Los monopolios son muy difíciles de mantener sin leyes que protejan a las firmas monopolísticas de la competencia. En teoría, el monopolista quiere que el consumidor compre más a precios más elevados, pero el consumidor deja de comprar la cantidad que compraría a un precio menor bajo la libre competencia. Principios similares se aplican a los carteles, a saber, un grupo de empresas que se ponen de acuerdo para cobrar precios más altos o para no competir entre sí. En teoría, un cartel podría funcionar colectivamente de la misma manera que un monopolio. En la práctica, sin embargo, los miembros individuales de los carteles tienden a engañarse secretamente, vendiendo a precios menores a ciertos consumidores, con la finalidad de apoderarse de los clientes de otros miembros del cartel. Cuando esta práctica se extiende, el cartel se torna irrelevante, ya sea que deje o no de existir formalmente.

El hecho de que algo sea sencillo de expresar, no implica que se pueda lograr de manera automática. La conformación de un cartel requiere que cada uno de los miembros se pongan de acuerdo sobre como se llevarán a cabo las cosas y que medidas tomará cada miembro.

Leyes antimonopolios.

Los problemas respecto a la definición de monopolio, se pueden contemplar, por ejemplo en la ley en los Estados Unidos. La descripción se basa en términos vagos e indefinibles, permitiendo a la administración y los tribunales omitir una definición por adelantado de lo que es un delito "monopolístico" y lo que no es. A diferencia de la ley anglosajona que se ha basado en una estructura de claras definiciones de los delitos, conocidos por adelantado y discernibles por un jurado después del apropiado proceso legal, las leyes antitrust prosperan sobre una vaguedad deliberada y reglas ex post facto. Ningún empresario sabe cuándo ha infringido la ley y cuándo no y no lo sabrá hasta que el gobierno, quizá después de otro cambio en sus propios criterios, se abata sobre él y le denuncie. Los efectos de estas reglas arbitrarias y de las definiciones ex post facto del "delito" son múltiples: se altera la iniciativa empresarial, los empresarios se vuelven desconfiados y serviles a las reglas arbitrarias de los funcionarios gubernamentales y no se permite a los negocios ser eficientes en servir al consumidor. Como los negocios siempre tienden a adoptar aquellas prácticas y escalas de actividad que maximicen los beneficios e ingresos y sirvan mejor a los consumidores, cualquier acoso a las prácticas de negocio por parte del gobierno solo puede dificultar la eficiencia en los negocios y premiar la ineficiencia.

La vaguedad de la ley se origina por la imposibilidad de fijar una definición convincente de monopolio en el mercado. De ahí los caóticos cambios del gobierno de un criterio injustificable de monopolio a otro: el tamaño de la firma, la "proximidad" de sustitutivos, fijar un precio "demasiado alto" o "demasiado bajo" o el mismo que un competidor, fusiones que "disminuyen notablemente la competencia", etc. Ninguno de estos criterios tiene sentido. Un ejemplo es el criterio de disminución notable de la competencia. Esto supone implícitamente que la "competencia" es algo relacionado de alguna manera con la cantidad. Pero no es así: es un proceso por el que individuos y empresas ofertan productos en el mercado sin recurrir a la fuerza. Entonces, proteger la "competencia" no significa dictar arbitrariamente que tiene que existir cierto número de empresas de cierto tamaño en una industria o área; significa mostrar que los hombres son libres de competir (o no) sin restricciones basadas en el uso de la fuerza.

Isabel Paterson respecto a una controversia relacionada a esta ley, no lo habría expresado mejor cuando dijo que "Standard Oil no restringía el mercado: fue a los confines del mundo para hacer un mercado. ¿Puede decirse que las corporaciones hayan "restringido el comercio" cuando el comercio que atienden no existía hasta que produjeron y vendieron esos bienes? ¿Restringían el comercio los fabricantes de automóviles durante el periodo en que fabricaron y vendieron cincuenta millones de vehículos donde no había habido antes coches? (…) Sin duda (…) no podría haberse imaginado nada más absurdo que fijarse en las empresas estadounidenses, que han creado y potenciado, en una magnitud siempre creciente, un volumen y variedad de comercio tan vasto que hace de toda la producción e intercambio previos algo parecido a un puesto de carretera y llamar a este rendimiento una "restricción al comercio", estigmatizándolo así como si fuera un delito".

Y concluía: "El gobierno no puede "restaurar la competencia" o "asegurarla". El gobierno es un monopolio y todo lo que puede hacer es imponer restricciones que puede emitir en monopolio, cuando va tan lejos como para requerir permiso para que el individuo produzca".

Detrás de esta frase existe un gran verdad que no muchos aceptan, y es que incluso dentro de las economías de mercado donde algunas actividades económicas son llevadas a cabo por el gobierno y otras por la industria privada, las actividades gubernamentales son típicamente monopolios, mientras que aquéllas en el mercado privado son típicamente actividades llevadas a cabo por empresas privadas que compiten entre sí.

Consecuencias. 

El hecho de que la competencia tiende a eliminar empresas deficientes y dejar a aquellas que mejor sirven al consumidor es algo común, y ciertamente estaría demás afirmar que ese es su fin principal.  Sin embargo, bajo el concepto de "monopolio" basado, precisamente en la eliminación de la competencia, o en el "número limitado" de competidores, con frecuencia se justifican políticas gubernamentales intervencionistas de manera innecesaria cuando en realidad no hay un peligro alguno. Por ejemplo, cuando la cadena de tiendas de alimento A&P era la más grande del mundo en ventas minoristas, en realidad vendía menos de una quinta parte del total de ventas de alimentos en Estados Unidos. Sin embargo, el Departamento de Justicia inició un proceso judicial antimonopolio contra A&P, utilizando los precios bajos de la empresa, y los métodos por los que había logrado esos precios bajos, como evidencia de competencia "desleal" contra los vendedores y cadenas rivales. A lo largo de la historia de las acciones judiciales antimonopolio, ha existido una confusión, aún no resuelta, entre lo que es perjudicial para la competencia y lo que es perjudicial para los competidores. En medio de esta confusión, muchas veces se ha perdido de vista la cuestión de qué es lo beneficioso para el consumidor.

La rareza de los monopolios auténticos ("una sola empresa") en la economía estadounidense, así como en gran parte de los países capitalistas, ha provocado una gran creatividad legalista destinada a definir a varias empresas como monopolísticas o como potenciales o "incipientes" monopolios. Lo lejos que esto podía llegar quedó ilustrado en 1962 cuando la Corte Suprema de Estados Unidos evitó la fusión de dos empresas de zapatos de la que habría resultado otra nueva empresa que habría abarcado, en total, menos del 7 por ciento de las ventas de zapatos en Estados Unidos. Igualmente en 1966, la Corte Suprema evitó la fusión de dos cadenas de supermercados locales que, en conjunto, vendían menos del 8 por ciento de los alimentos en el área de la ciudad de Los Ángeles. Categorizaciones igualmente arbitrarias de ciertas empresas como "monopolios" fueron impuestas en la India bajo la Monopolies and Restrictive Trade Practices Act de 1969, en virtud de la que todas las empresas con recursos superiores a cierta cifra (aproximadamente 27 millones de dólares) fueron declaradas monopolios y se limitaron sus posibilidades de expansión de sus negocios.

Una práctica común en los tribunales estadounidenses y en la literatura sobre leyes antimonopolio es describir el porcentaje de ventas realizadas por una empresa como la porción del mercado que dicha empresa "controla". Según este estándar, empresas hoy difuntas como la Pan American Airways controlaban una porción sustancial de sus respectivos mercados, cuando, en la práctica, el paso del tiempo mostró que no controlaban nada, o, de lo contrario, nunca hubieran permitido que los forzasen a declarar la quiebra. La severa disminución de gigantes como A&P, de igual manera sugiere que la retórica del "control" tiene muy poca relación con la realidad. Sin embargo, esta retórica continúa siendo muy efectiva en los tribunales de justicia y en la opinión pública.

Incluso en los casos raros en que sí existe una sola empresa en todo el mercado, esto es, un monopolio que no ha sido creado o mantenido por una política gubernamental, sus consecuencias han tendido a ser mucho menos funestas en la práctica que en la teoría. Durante las décadas en que la Aluminum Company of America era la única productora de lingotes de aluminio virgen en Estados Unidos, su tasa de lucro anual sobre la inversión era del 10 por ciento después del pago de impuestos. No obstante, el precio del aluminio había bajado con los años a una pequeña fracción del que había sido antes de que la empresa fuera creada. A pesar de esto, la Aluminium Company of America fue enjuiciada bajo las leyes antimonopolio y perdió. ¿Por qué los precios del aluminio estaban bajando bajo un monopolio, si en teoría tenían que haber estado subiendo? A pesar de su "control" del mercado de aluminio, la Aluminium Company of America estaba al tanto de que no podía subir sus precios caprichosamente, sin correr el riesgo de acabar cediendo sus consumidores a otros mercados de materiales sustitutos, como el acero, el estaño, la madera o los plásticos. El progreso tecnológico reducía los costes de producción de estos materiales y la competencia económica forzaba a las empresas competidoras a bajar sus precios proporcionalmente.

El "control" del mercado.

Esto hace que surja un tema que se aplica mucho más allá de la industria del aluminio. Quien habla de porcentajes del mercado "controlados" por esta o aquella empresa ignora el rol de los productos sustitutos, que pueden estar oficialmente clasificados como productos de otras industrias, pero que podrían ser usados como sustitutos por muchos compradores, si el precio de los productos monopolizados subiera considerablemente. Ya sea en un mercado monopolizado o en uno competitivo, un producto tecnológicamente muy distinto puede servir como sustituto, como ocurrió cuando la televisión reemplazó a muchos periódicos como fuente de información y entretenimiento.

En España, cuando un tren de alta velocidad comenzó a funcionar entre Madrid y Sevilla, la división del tráfico de pasajeros entre el tren y el transporte aéreo paso de ser 33 por ciento por ferrocarril y 67 por ciento por el aire, a ser 82 por ciento por ferrocarril y 18 por ciento por aire. Claramente muchas personas consideraban que el transporte aéreo y por ferrocarril eran formas alternativas de viajar entre estas dos ciudades. Independientemente de cuál sea el porcentaje de tráfico aéreo entre Madrid y Sevilla que tiene (que "controla") una aerolínea, e independientemente de cuál sea el porcentaje de tráfico por rieles que tiene un ferrocarril específico, ambos deben igualmente enfrentar la competencia de todas las aerolíneas y todas las líneas de ferrocarriles que viajan entre esas ciudades. Antes, la historia era muy parecida. En 1954, las líneas de transporte marítimo solían transportar millones de pasajeros a través del océano Atlántico, mientras que los aviones transportaban tan sólo 600.000. Sin embargo, en 1965, las líneas marítimas ya transportaban apenas 650.000 pasajeros mientras que los aviones transportaban 4 millones. El hecho de que aviones y barcos hayan sido dos cosas tecnológicamente muy diferentes no significaba que no hayan podido servir como sustitutos económicos.

Quienes se especializan en iniciar acciones judiciales antimonopolio, por lo general buscan definir el mercado relevante de manera estricta, con la finalidad de encontrar altos porcentajes de mercado "controlado" por la empresa que está siendo enjuiciada. Por ejemplo, en el famoso caso antimonopolio contra Microsoft a inicios de este siglo, el mercado fue definido como aquel que abarca los sistemas operativos para ordenadores personales que utilizan microchips del mismo tipo que los fabricados por Intel. Esto no solamente dejó de lado a los sistemas operativos de los ordenadores Apple sino que también dejó de lado a otros sistemas operativos, como los producidos por Sun Microsystems para múltiples ordenadores, o el sistema Linux para ordenadores personales.

En su mercado estrictamente definido, Microsoft claramente tenía una porción "dominante". Sin embargo, el juicio antimonopolio no acusaba a Microsoft de elevar sus precios de manera lesiva, que es la manera clásica descrita en la "teoría del monopolio". En vez de ello, Microsoft había añadido un navegador gratuito a su sistema operativo Windows, perjudicando así a Netscape, un productor rival de navegadores. La existencia misma de las distintas fuentes de potencial competencia desde fuera de ese mercado estrictamente definido se debe en gran parte al hecho de que Microsoft en sus inicios no subió sus precios, como tal vez lo pudo haber hecho a un corto plazo, aunque arriesgando sus ventas y ganancias a largo plazo, dado que otros sistemas operativos podrían haber sido adaptados como sustitutos, de haber ofertado precios más bajos. En 2003, el gobierno de la ciudad de Múnich dejó de usar el sistema operativo Microsoft Windows en sus 14.000 ordenadores y comenzó a usar Linux, uno de los sistemas excluidos de la definición del mercado que Microsoft "controlaba", pero que en realidad era obviamente un sustituto.

El caso Microsoft también muestra la confusión ya puesta de manifiesto en otros casos antimonopolio, es decir, la confusión entre proteger la competencia como condición en el mercado y proteger a los competidores existentes. Esta confusión no es una cuestión exclusiva de Estados Unidos. Algo similar se hizo evidente en un caso europeo antimonopolio, que involucraba a Microsoft, y en el que se decidió que ésta tenía el deber de permitir que sus competidores adjuntasen sus productos de software al sistema operativo Microsoft. Es más, la lógica de la decisión europea fue defendida en la página editorial de The New York Times: "La estrepitosa derrota de Microsoft en un caso antimonopolio, en Europa, establece principios que son bienvenidos y que deberían ser adoptados en Estados Unidos como una guía para el desarrollo futuro de la economía de la información".

El tribunal coincidió con los reguladores europeos en que Microsoft había abusado de su monopolio de sistema operativo al incorporar su Media Player, que reproduce música y películas, en Windows. Esto excluyó a rivales como Real Player. Esta decisión sienta un precedente sano en relación con que las compañías no pueden utilizar su posición dominante en un mercado (el sistema operativo) para extenderla a otros mercados (el de los reproductores de música y vídeo). El tribunal también coincidió en que Microsoft debería proveer, a compañías rivales de software, la información necesaria para hacer que sus productos fueran compatibles con el software servidor de Microsoft.

La página editorial de The New York Times se mostró después sorprendida de que otros consideraran el principio involucrado en esta decisión antimonopolística como un "golpe mortal contra el capitalismo mismo". Cuando la libre competencia en el mercado es reemplazada por la intervención de un tercero que obliga a las empresas a facilitar las cosas a sus competidores, cuesta ver cómo esto puede ayudar a la competencia, y no simplemente a los competidores.

En 2007, la Federal Trade Commission solicitó una orden judicial contra la cadena de supermercados de productos orgánicos Whole Foods para restringirle, de manera preventiva, la compra de una cadena de supermercados orgánicos rival, basándose en que esto "disminuiría la competencia sustancialmente y violaría las leyes antimonopolio". La Federal Trade Commission argumentó que ambas empresas eran "las dos únicas operadoras de supermercados de productos orgánicos y naturales de alta calidad en Estados Unidos". Presumiblemente, Whole Foods se convertiría en un monopolio si adquiría su cadena rival de supermercados, bajo esta definición estricta de mercado. Sin embargo, el tribunal negó esta solicitud argumentando que otras cadenas de supermercados como Kroger, Safeway y otras, vendían también productos naturales y orgánicos como parte de su mercancía general, además de las tiendas de comida saludable independientes que también venden productos naturales y orgánicos. No obstante, esto no dio por finalizado el caso, porque la Federal Trade Commission se reservó el derecho de iniciar una demanda antimonopolio para romper la fusión después de haberse concretado.

La proliferación del libre comercio internacional implica que incluso un monopolio auténtico, de un producto particular, en un país particular, puede significar muy poco si ese mismo producto puede ser importado de otros países. Si hay sólo un fabricante de cierto producto en Brasil, ese productor no constituye un monopolio en ningún sentido económicamente significativo, en el caso de que exista una decena de fabricantes de ese mismo producto en Argentina y cientos de fabricantes alrededor del mundo. Solamente si el gobierno brasileño impide que estos productos sean importados, el único fabricante para Brasil se puede tornar un monopolio.

Concentrarse en la porción del mercado en un momento dado ha producido un patrón por el que el gobierno estadounidense ha enjuiciado repetidamente a empresas líderes en una industria justo cuando estaban a punto de perder ese liderazgo. En un mundo donde es normal que empresas particulares suban y bajen con el tiempo, los abogados expertos en casos antimonopolio pueden tardar años en montar un caso contra, por ejemplo, una determinada empresa que está en la cima, sin saber que está a punto de venirse abajo. Un caso antimonopolio muy grande puede precisar décadas o más para llegar a una definición final. Los mercados por lo general reaccionan más rápidamente que eso contra los monopolios y carteles, como ocurrió con los trusts de comienzos de siglo, que fueron vencidos por vendedores minoristas como Sears, Montgomery Ward y A&P antes siquiera de que el gobierno pudiera iniciar un caso judicial contra ellos.

Agencias reguladoras.

A pesar de que las funciones de una comisión reguladora son relativamente claras en la teoría, en la práctica son mucho más complejas y, de alguna manera, imposibles. Además, el clima político en el que las comisiones reguladoras funcionan frecuentemente lleva a políticas y resultados que son directamente opuestos a los que esperaban aquellos que crearon dichas comisiones. Idealmente, una comisión reguladora buscaría fijar los precios en el lugar en que estarían si hubiese un mercado competitivo. En la práctica, no hay forma de saber cuáles serían estos precios. Solamente el funcionamiento mismo del mercado podría revelar tales precios, llevando a las empresas menos eficientes a la quiebra, y a que sobrevivan las eficientes, con sus precios que, luego, serían los precios del mercado. Ningún observador externo puede saber cuáles son las formas más eficientes de funcionar en una empresa o industria dadas. En efecto, los administradores dentro de una industria suelen descubrir por las malas que lo que creían era la manera más eficiente de hacer las cosas no era suficientemente eficiente como para ser competitivos, y terminan perdiendo clientes.

Las complejidades económicas implícitas cuando las agencias reguladoras fijan precios se complican aún más con las complejidades políticas. Las agencias reguladoras, por lo general, se crean después de que activistas políticos inicien investigaciones o campañas de publicidad que convencen a las autoridades de que tienen que establecer una comisión permanente para supervisar y controlar un "monopolio", o algún otro grupo de empresas demasiado pequeñas en número como para constituir una amenaza de colusión o "comportamiento monopolístico". Sin embargo, cuando la comisión ha sido creada y sus poderes establecidos, los activistas y los medios tienden a perder, con los años, interés, y a prestar atención a otras cosas. Mientras tanto, las empresas reguladas continúan presentando mucho interés por las actividades de la comisión y forman un lobby que presiona al gobierno para que emita reglamentos beneficiosos y designe a miembros de estas comisiones que estén a su favor.

El resultado de esos intereses foráneos asimétricos en estas agencias es que las comisiones que se crearon para supervisar a una empresa o industria dada, para el beneficio de los consumidores, por lo general se transforman en agencias que buscan proteger a las empresas reguladas de amenazas provenientes de nuevas empresas con nuevas tecnologías y nuevos métodos de organización. Por ejemplo, en Estados Unidos, la Comisión de Comercio Interestatal, creada inicialmente para evitar que los ferrocarriles cobraran "precios monopolísticos" al público, respondió al crecimiento de la industria del transporte por carretera extendiendo su control sobre este tipo de transporte, cuya competencia estaba amenazando la viabilidad económica de los ferrocarriles.

La lógica inicial para regular los ferrocarriles era que éstos eran frecuentemente monopolios en áreas particulares del país, donde había apenas una línea de ferrocarril. Sin embargo, ahora que la industria de transporte por carretera estaba rompiendo ese monopolio en función de su capacidad de transportarse por allí donde hubiese caminos, la respuesta de la Comisión de Comercio Interestatal no consistió en reconocer que la necesidad de regular el transporte era ahora menos urgente o incluso innecesaria. En vez de ello, pidió, y recibió del Congreso, mayor poder en virtud de la Motor Carrier Act de 1935, destinada a restringir las actividades de los transportistas por carretera. Esto permitió que los ferrocarriles sobreviviesen bajo nuevas condiciones económicas, a pesar de que la competencia del transporte por carretera era más eficiente para el envío de muchos bienes y que, por tanto, podía cobrar precios más bajos de los que cobraban los ferrocarriles. Así, tan sólo se permitía a los camiones cruzar las fronteras estatales si tenían un certificado emitido por la Comisión de Comercio Interestatal declarando que sus actividades cumplían "la necesidad e interés públicos", según el término es definido por la Comisión de Comercio Interestatal. Esto evitó que los camioneros le quitaran los clientes a los ferrocarriles y los mandaran a la quiebra.

En resumen, la carga no sería transportada más de la  manera que requería menos recursos, como habría sido en una situación de competencia abierta, sino, únicamente, mediante cualquier medio que cumpliera los requisitos arbitrarios impuestos por la Comisión de Comercio Interestatal. Por ejemplo, la Comisión de Comercio Interestatal podía autorizar a una empresa de camiones a transportar carga desde Nueva York a Washington DC, pero no desde Filadelfia a Baltimore, a pesar de que estas ciudades se encuentran a medio camino. Así mismo, si el certificado no autorizaba que la carga fuese transportada de vuelta desde Washington DC hasta Nueva York, entonces los camiones tenían que regresar vacíos, mientras otros camiones transportaban carga desde Washington DC hasta Nueva York. Desde el punto de vista de la economía en su conjunto, se incurría en costes enormemente más altos de lo que era necesario para hacer el trabajo. Sin embargo, desde el punto de vista político, se permitió que muchas más empresas, tanto de camiones como de ferrocarriles, sobrevivieran y ganaran dinero que las que habrían podido hacerlo en un mercado competitivo y sin restricciones, donde las empresas de transporte hubiesen estado obligadas a utilizar los métodos más eficientes para transportar carga, incluso si los costes menores y los precios más bajos llevaban a la quiebra a algunos ferrocarriles cuyos costes eran demasiado altos como para competir con los camiones.

La competencia abierta y sin trabas habría sido económicamente beneficiosa para la sociedad en su conjunto, pero, políticamente amenazante para la comisión reguladora. Las empresas que se vieran ante la inminente extinción económica debido a la competencia se encargarían de recurrir a la agitación y la intriga política contra la estabilidad en su cargo de los comisionados y contra la existencia de la comisión y sus poderes. Los sindicatos también tendrían interés en mantener el statu quo sin permitir la competencia de tecnologías que pudieran requerir de menos trabajadores para realizar el mismo trabajo.

Cuando los poderes de la Comisión de Comercio Interestatal fueron reducidos por el Congreso en 1980, los precios del transporte de mercancías bajaron sustancialmente y los consumidores disfrutaron de un aumento en la calidad del servicio. Esto fue posible gracias a la mayor eficiencia de la industria, dado que ahora circulaban menos camiones vacíos y más camioneros contrataban trabajadores cuyo salario estaba determinada por la oferta y la demanda, en vez de por los contratos sindicales. Dado que las entregas por camión dependían ahora más que antes de la competencia en la industria, las empresas que utilizaban sus servicios tenían la posibilidad de mantener stocks más pequeños, lo que en su conjunto ahorraba miles de millones de dólares.

Las ineficiencias creadas por la regulación se reflejaban, no solamente en el ahorro que se produjo tras la desregulación, sino también en la diferencia entre los costes de los envíos interestatales y los costes de los envíos dentro de los estados, donde continuaban existiendo regulaciones después de que la reglamentación federal fuera recortada. Por ejemplo, enviar un par de pantalones vaqueros dentro del estado de Texas desde El Paso hasta Dallas costaba un 40 por ciento más caro que transportar el mismo par de pantalones desde Taiwán hasta Dallas.

Las grandes ineficiencias bajo la regulación no eran peculiares de la Comisión de Comercio Interestatal. Lo mismo ocurría con la Civil Aeronautics Board, que aislaba a las aerolíneas potencialmente competitivas y mantenía los precios del transporte aéreo, en Estados Unidos, lo suficientemente altos como para garantizar la supervivencia de las aerolíneas existentes, en vez de forzarlas a enfrentar la competencia de otras aerolíneas que habrían podido transportar a los pasajeros de manera más barata y con mejor servicio. Cuando la Civil Aeronautics Board fue finalmente abolida, las tarifas aéreas bajaron y algunas aerolíneas se fueron a la quiebra, pero nuevas aerolíneas surgieron y al final había muchos más pasajeros que cuando imperaban las restricciones de la regulación. El ahorro de los pasajeros de las aerolíneas ascendió a miles de millones de dólares.

Éstos no fueron simplemente cambios de suma cero, donde las aerolíneas perdieron lo que ganaron los pasajeros. El país en su conjunto se benefició de la desregulación, porque la industria se tornó más eficiente. Así como había menos camiones vacíos circulando gracias a la desregulación del transporte terrestre, de igual manera los aviones comenzaron a volar con un mayor porcentaje de asientos ocupados después de la desregulación, y los pasajeros usualmente tenían más opciones de aerolíneas que antes. Algo muy parecido ocurrió a partir de 1997, cuando las aerolíneas europeas fueron desreguladas y la competencia de aerolíneas de bajo precio como Ryanair forzó a British Airways, Air France y Lufthansa a bajar sus tarifas.

En esta y otras industrias, la lógica inicial de la regulación era evitar que los precios se elevaran excesivamente. Sin embargo, con los años, esto se transformó en restricciones reguladoras en contra de que los precios cayeran a niveles en los que amenazarían la supervivencia de las empresas existentes. Las cruzadas políticas se basan en lógicas plausibles pero, incluso cuando esas lógicas son sinceramente defendidas y honestamente aplicadas, sus consecuencias pueden ser completamente diferentes a sus fines iniciales. Las personas cometen errores en todos los ámbitos del emprendimiento humano, pero cuando se cometen grandes errores en una economía competitiva, aquellos que estuvieron equivocados pueden ser forzados a salir del mercado por las pérdidas resultantes. En la política, sin embargo, las agencias reguladoras normalmente continúan sobreviviendo mucho después de que la lógica inicial para su creación se haya extinguido. Esto porque se mantienen realizando cosas que ni se contemplaban cuando su burocracia y sus poderes fueron creados.

Los costos de las leyes antimonopolio. 

Las leyes antimonopolio más estrictas en la India produjeron muchos resultados claramente contraproducentes antes de ser derogadas en 1991. A algunos empresarios industriales, líderes en la India, se les prohibió expandir sus muy exitosas empresas, porque de lo contrario habrían excedido el arbitrario límite financiero usado para definir un "monopolio", independientemente de cuántos competidores pudiera tener ese "monopolio". En consecuencia, los emprendedores indios por lo general aplicaban sus esfuerzos y su capital fuera de la India, proveyendo bienes, trabajo e impuestos en otros países donde estaban menos restringidos. Uno de estos emprendedores indios, por ejemplo, produjo, en Tailandia, fibra de pulpa comprada en Canadá, transportándola a su fábrica en Indonesia, donde la convirtió en hilo. Luego exportó el hilo a Bélgica, para que lo transformaran en alfombras. Es imposible saber cuántas otras empresas indias invirtieron fuera de la India como resultado de las restricciones contra los monopolios. Lo que sí se sabe es que la abrogación de la Monopolies and Restrictive Trade Practices Act en 1991 fue seguida por una enorme expansión de empresas grandes en la India, tanto de propiedad de empresarios indios como de empresarios extranjeros, que consideraron que la India se había tornado un mejor lugar para establecer o expandir sus negocios. Algo que también creció exponencialmente fue la tasa de crecimiento económico del país, lo que redujo el número de personas en la pobreza e incrementó la capacidad del gobierno indio de ayudarlos, debido a que los ingresos fiscales de los impuestos se elevaron en razón de la mayor actividad económica en el país.

A pesar de que la ley antimonopolio india tenía la intención de incentivar la actividad empresarial, su efecto real fue proteger a las empresas existentes de las presiones de la competencia, interna e internacional, y el efecto de esto, a su vez, fue reducir los incentivos hacia la eficiencia. Analizando ese pasado, el líder industrial indio Ratan Tata, de las Tata Industries, dijo esto de su propio gran conglomerado empresarial: "El grupo operaba en un ambiente protegido. Las empresas menos sensibles no se preocupaban por la competencia, no se preocupaban por sus costes y no se habían mantenido al tanto de la nueva tecnología. Muchas de ellas ni se fijaban en las porciones de mercado".

En pocas palabras, el capitalismo protegido producía resultados similares al socialismo. Cuando la economía india, posteriormente, se abrió a la competencia, tanto doméstica como externa, se produjo un fuerte impacto. Algunos de los directores de Tata Steel se estiraban de los pelos cuando se dieron cuenta de que la empresa se enfrentaba, ahora, a una pérdida anual de 26 millones de dólares porque las tarifas de flete habían subido. En el pasado, simplemente, podrían haber subido el precio del acero en esa misma proporción, pero hoy, con otros productores de acero en libre competencia, los costes de transporte locales ya no pueden simplemente ser transferidos a los precios para el consumidor, sin que esto constituya un riesgo de mayores pérdidas como consecuencia de la pérdida de clientes frente a los competidores globales. Tata Steel no tenía otra opción que cerrar o cambiar la manera en que operaban. Según la revista Forbes: "Tata Steel ha gastado 2.300 millones de dólares cerrando fábricas derruidas y modernizando sus minas de carbón y su acerías, así como construyendo un nuevo alto horno […]. De 1993 a 2004, la productividad se elevó de 78 toneladas de acero por trabajador y año, a 264 toneladas, gracias a las mejoras que se hicieron en la planta y a la existencia de menos defectos".

Ya en el año 2007, The Wall Street Journal informaba de que las declaraciones de Tata Steel, afirmando ser el mayor productor de acero de menor coste del mundo, habían sido confirmadas por analistas. Pero ninguno de estos ajustes habría sido necesario si esta y otras empresas, en la India, hubiesen continuado protegidas de la competencia bajo el argumento de evitar monopolios.

Conclusión. 

Con las leyes antimonopolio, así como con las comisiones reguladoras, se debe realizar una clara distinción entre sus lógicas iniciales y lo que en realidad hacen. La lógica básica de estas leyes es prevenir los monopolios y otros elementos que permiten una subida de precios superior a la que se produciría en un mercado libre y competitivo. En la práctica, la mayoría de los famosos pleitos contra diversos monopolios en Estados Unidos, han estado relacionados con empresas que cobraron precios más bajos que sus competidores. Muchas veces, han sido las quejas de éstos las que han provocado la acción del gobierno.

Bibliografia:

Economía básica - Thomas Sowell
Hombre, economía y estado - Murray N. Rothbard
Poder y mercado - Murray N. Rothbard
La acción humana - Von Mises

La falacia de John Kenneth Galbraith sobre la manipulación publicitaria.


Este segmento pertenece al último capítulo "Las consecuencias económicas de la intervención violenta en el mercado" del tratado de economía "Hombre, economía y estado" de Murray Rothbard. Pero antes de adentrarnos en la critica que hace el economista austriaco, es necesario conocer a quien recibe esta critica y porqué razón la recibe.

¿Quién es John Kenneth Galbrait?

John Kenneth Galbraith, como lo definió el economistas español Juan Ramón Rallo "es la prueba viviente del absoluto fracaso intelectual que han experimentado los keynesianos en este siglo". Lamentablemente, como con otros tantos economistas keynesianos, este fracaso intelectual no se ha correspondido con una equivalente pérdida de prestigio ni influencia política (el propio Kaynes, Krugman, Siglitz, Galbrait jr., etc, etc). Como señala Rallo, el último libro de Galbraith, "La economía del fraude inocente", puede considerarse, en palabras del autor, su "testamento intelectual". En poco más de 100 páginas el autor compila los conocimientos económicos que le han caracterizado durante toda su vida. En poco más de 100 páginas encontramos una maraña caótica de pensamientos confusos, ideas banales y relaciones infantiles.

De hecho, incluso el propio Galbraith reconoce en la introducción que ha sido incapaz de explicar los acontecimientos de este siglo: "Uno tiene que aceptar la continua divergencia entre las creencias aprobadas y la realidad". En otras palabras, Galbraith no ha sido capaz de explicar la realidad con una teoría sólida, y por ello propugna fijarse exclusivamente en lo que él considera una realidad objetiva. Tal extremo puede observarse con meridiana claridad en algunas frases del autor: "Lo que predomina en la vida real no es la realidad". En definitiva, la vida real no es la realidad. El error aquí, es confundir la realidad con la interpretación que uno hace de ella, lo cual como indica Rallo, demuestra escasa honestidad. La realidad siempre necesita ser interpretada previamente; si no reconocemos este hecho nos topamos con tonterías como lo es eso de que "la realidad no es real".

En todo caso, semejante confesión sirve para constatar que la ciencia económica keynesiana se ha visto completamente sorprendida por acontecimientos que no fue capaz de prever. Lo fue la Gran Depresión en los años 20, la Estanflación de los años 70, la Gran Recesión del 2008, como lo seguirán siendo muchos otros sucesos mientras aún perdure la visión económica keynesiana. 

Su estilo argumentativo se basaba fundamentalmente en dos pilares: a) reducir al absurdo la argumentación para no necesitar refutación ni confirmación alguna y b) imputar a sus enemigos intereses económicos en la defensa de sus teorías. Esta última táctica, es la que impregnan los libros de muchos marxistas, nacionalistas y demás. Ya desde un principio asegura que la teoría económica conveniente es aquella "que resulta útil a los intereses económicos, políticos y sociales dominantes". De hecho, el fraude inocente del título hace referencia al inconsciente autoconvencimiento de los estratos dominantes para adoptar una teoría económica que vaya en su provecho.

Nos encontramos, llanamente, ante burdos ataques ad hominem. Siguiendo esta argumentación, deberíamos preguntar a Galbraith (después de que él mismo reconoció que durante casi toda su vida ha trabajado para el Gobierno) cuáles fueron los intereses económicos por los que se movió su teoría intervencionista ¿Es que acaso Galbraith fue la excepción de su propio razonamiento? Debemos suponer que así lo creyó él, como otros tantos "iluminados" que han pasado por este sombrío mundo de intereses egoístas.

Pero la ocurrencia teórica por la que Galbraith ha alcanzado mayor fama ha sido la negación de la soberanía del consumidor, al considerar que la publicidad es capaz de generar coactivamente la demanda de los productos. Las personas no demandan aquello que quieren, sino aquello que los empresarios les dicen que quieran. En palabras del propio autor: "La creencia en una economía de mercado en la que el consumidor es soberano es uno de los mayores fraudes de nuestra época. La verdad es que nadie intenta vender nada sin procurar también dirigir y controlar su respuesta".

Dicho esto, ahora transcribiremos la critica de Rothbard, que escribiera el economista austriaco hace más de 40 años, tan aplicables hoy como en aquel momento a la teoría más conocida de Galbraith.

Hombre, economía y estado - Capítulo 12: Las consecuencias económicas de la intervención violenta en el mercado.

El profesor Galbraith y el pecado de la opulencia.

En la primera parte del siglo XX, la principal acusación que hacían al sistema capitalista los intelectuales que lo criticaban era la gran frecuencia con que, según decían, aparecía el "monopolio". En los años treinta salieron a relucir la desocupación en masa y la pobreza ("un tercio de una nación"). En la época actual, la abundancia y la prosperidad crecientes en gran medida han quitado brillo al tema de la pobreza y la desocupación; y el único "monopolio" serio parece ser el que detenta el sindicalismo obrero. Pero no por eso hay que pensar que las criticas al capitalismo han terminado. Ahora se le hacen dos cargos, aparentemente contradictorios: a) que no está "creciendo" con la rapidez suficiente; b) que lo que tiene de malo es que nos hace demasiado "opulentos". El exceso de riqueza repentinamente ha reemplazado a la pobreza, como fallo trágico del capitalismo. A primera vista, estos últimos cargos parecen contradictorios, puesto que al capitalismo se le reprocha, a un mismo tiempo, que produce demasiados bienes y, sin embargo, que no crece con bastante rapidez en cuanto a producción de bienes. La contradicción parece particularmente flagrante cuando el mismo crítico se vale de ambas líneas de ataque, como ocurre con el principal crítico del pecado de opulencia: el profesor Galbraith. Pero, tal como lo ha señalado correctamente el Wall Street ]ournal, eso no constituye en absoluto una contradicción, puesto que la opulencia excesiva se encuentra en su totalidad en el "sector privado", es decir, los bienes de que disfrutan los consumidores; la deficiencia o "inanición" está en el "sector público", que necesita mayor crecimiento.

Aunque The Affluent Society está lleno de falacias, respaldadas por afirmaciones dogmáticas y por fórmulas retóricas anticuadas, en lugar de argumentos razonados, merece aquí cierta consideración debido a su enorme popularidad.

Como la mayoría de los "economistas" que atacan la ciencia económica, el profesor Galbraith es un historicista, que piensa que la teoría económica, en lugar de asentarse sobre los hechos perdurables de la naturaleza humana, de algún modo es relativa a diferentes épocas históricas. La teoría económica "convencional", afirma, fue verdadera en épocas anteriores a la actual, que fueron tiempos de "pobreza"; hoy, sin embargo, hemos surgido de un estado de pobreza que duró siglos a una época de "opulencia", para la cual se requiere una teoría económica completamente nueva. Galbraith también comete el error filosófico de pensar que las ideas son esencialmente "refutadas por los acontecimientos"; por el contrario, en la acción humana, a diferencia de lo que ocurre en las ciencias naturales, las ideas solamente pueden refutarse con otras ideas; los acontecimientos en sí son el resultado de complejas causas que deben interpretarse con ideas correctas.

Uno de los más graves fallos en que incurre Galbraith es la arbitrariedad de las categorías "pobreza" y "opulencia", de las que está plagado su libro. En ninguna parte define lo que para él significan esos términos, y en consecuencia, en ninguna parte deja sentados patrones mediante los cuales podamos conocer, siquiera en teoría, en qué momento se pasa la frontera mágica entre "pobreza" y "opulencia", indispensable para que nazca una teoría económica enteramente nueva. Este libro y la mayoría de los que tratan sobre economía ponen en evidencia que la ciencia económica no depende de ningún arbitrario nivel de riqueza; las leyes praxeológicas fundamentales son válidas para todas las personas, en todo momento, y las leyes catalácticas de la economía de intercambio son ciertas siempre en todo lugar donde se hagan intercambios.

Galbraith atribuye gran importancia a su supuesto descubrimiento, no aceptado por otros economistas, de que la utilidad marginal de los bienes disminuye a medida que el ingreso aumenta y que, en consecuencia, los últimos 1.000 dólares de una persona no importan para ella; los primeros, en cambio, constituyen el margen de subsistencia. Pero la mayoría de los economistas conocen bien ese concepto, y este libro, por ejemplo, lo contiene. Por cierto, la utilidad marginal de los bienes disminuye a medida que el ingreso aumenta; pero el hecho mismo de que la gente siga trabajando para obtener los últimos 1.000 dólares y trabaje para tener más dinero cuando la oportunidad se presenta demuestra en forma concluyente que la utilidad marginal de los bienes es aún mayor que la des utilidad del ocio a que se renuncia. La falacia oculta que hay en Galbraith reside en un supuesto cuantitativo: del mero hecho de que la utilidad marginal de los bienes baje a medida que aumentan el ingreso y la riqueza de cada uno Galbraith concluye que ya ha bajado virtual o realmente a cero. El hecho de la declinación, sin embargo, no nos dice nada en absoluto en cuanto al grado del descenso, que según él, arbitrariamente, ha sido total. Todos los economistas, aun los más "convencionales", saben que, a medida que los ingresos han aumentado en el mundo moderno, los trabajadores se han decidido por recibir cada vez más de aquel beneficio en forma de ocio. Y tal cosa debería ser prueba suficiente de que los economistas hace tiempo que han conocido bien la verdad, supuestamente oculta, de que la utilidad marginal de los bienes en general tiende a declinar a medida que su oferta aumenta. Pero, replica Galbraith, los economistas admiten que el ocio es un bien de consumo pero no que otros bienes declinan en valor a medida que aumenta su oferta. Con seguridad se trata de una afirmación errónea; lo que saben los economistas es que, a medida que la civilización expande la oferta de bienes, la utilidad marginal de estos declina y aumenta la utilidad marginal del ocio a que se renuncia (el coste de oportunidad del trabajo), de modo que más y más el beneficio real se "obtendra" en forma de ocio. Nada hay de sorpresivo, subversivo, revolucionario u original en ese hecho evidente.

Según Galbraith, los economistas deliberadamente omiten considerar el grado de satisfacción de las necesidades. No obstante, lo hacen de forma muy apropiada, puesto que cuando las apetencias, o más bien las apetencias de bienes intercambiables, queden verdaderamente saciadas, todos lo sabremos sin demora; en ese punto, todos dejarán de trabajar, de transformar los recursos naturales en bienes de consumo, etc. No habrá necesidad de continuar produciendo, puesto que todas las necesidades de bienes de consumo habrán quedado satisfechas, o por lo menos, todas aquellas que pueden ser materia de producción e intercambio. En ese punto, cesará el trabajo de todos y la economía de mercado, de hecho, toda economía, finalizará; los medios dejarán de ser escasos en relación con los fines y todo el mundo estará disfrutando en el paraíso. Pienso que es de por sí evidente que aún no ha llegado ese momento y que no hay señales de que se presente; si llegara alguna vez, los economistas lo recibirían como la mayoría de las otras personas, no con maldiciones, sino con regocijo. A pesar de su reputación de practicar una "ciencia tétrica", los economistas no tienen intereses creados en la escasez, ni psicológicos ni de otra índole.

Pero, mientras tanto, este sigue siendo un mundo de escasez; para alcanzar los fines es preciso aplicar medios escasos y el trabajo sigue siendo necesario. Las personas todavía trabajan para obtener sus últimos 1.000 dólares de ingreso y se sentirían complacidas de aceptar otros 1.000 dólares si se los ofrecieran. Podríamos aventurar otra predicción: una encuesta no formal, realizada entre la gente, preguntándole si aceptaría unos pocos miles de dólares más de ingreso anual (real) o si sabría qué hacer con ellos, descubriría que nadie rehusaría la oferta debido a una "excesiva" opulencia o saciedad, ni por ninguna otra razón. Pocos serían los que no supieran qué hacer con su aumentada riqueza. El profesor Galbraith, por supuesto, tiene respuesta para todo esto. Esas apetencias, dice, no son reales ni auténticas; solamente han sido "creadas" en el público por los anunciadores y sus malvados clientes, los hombres de negocios, los productores. El hecho mismo de la producción "crea", por intermedio de la propaganda, las supuestas necesidades que satisface.

Toda la teoría de la excesiva opulencia de Galbraith se basa sobre el insustancial aserto de que las apetencias del consumidor son creadas artificialmente por el comercio mismo. Se trata de una afirmación que únicamente se encuentra respaldada por su continua repetición y no por prueba alguna, excepto, tal vez, por la personal aversión de Galbraith por los detergentes y otros artículos. Más importante aun es que el ataque a la malvada publicidad, que crea apetencias y degrada al consumidor, ciertamente constituye la mayor sabiduría convencional que contiene el arsenal anticapitalista.

El ataque de Galbraith contra la publicidad incluye muchas falacias. En primer lugar, no es exacto que la publicidad "crea" necesidades o demanda por parte de los consumidores. Por supuesto, trata de persuadirlos para que adquieran el producto, pero no puede crear necesidad o demanda, puesto que toda persona tiene que adoptar las ideas y valores sobre cuya base actúa, sean buenas o no. Aquí, Galbraith acepta una forma cándida de determinismo de la publicidad sobre los consumidores y, tal como todos los deterministas, deja implícita una cláusula de escape a la determinación para las personas como él, quienes, desde luego, no son manejadas por la publicidad. Si hay determinismo en la publicidad, ¿cómo puede alguien verse determinado irresistiblemente a comprar el producto mientras que el profesor Galbraith tiene libertad para resistir indignado los anuncios y para escribir un libro de denuncia contra la publicidad?

En segundo lugar, Galbraith no nos ofrece ningún patrón que nos permita resolver cuáles son los deseos "creados" y cuáles son legítimos. Por su insistencia en cuanto a la pobreza, podría pensarse que todas las necesidades por encima del nivel de subsistencia son falsas apetencias creadas por la publicidad. Por cierto, no da ninguna prueba en apoyo de tal manera de pensar. Pero, como más adelante veremos, esta tesis es absolutamente incompatible con sus propias opiniones respecto de las necesidades públicas.

En tercer lugar, Galbraith omite la distinción entre satisfacer una apetencia dada de una manera mejor e inducir nuevas apetencias. A menos que adoptemos la opinión extrema y no fundada de que todos los deseos por encima del nivel de subsistencia son "creados", debemos notar la extraña manera de proceder que se les atribuye a los hombres de negocios en los supuestos de Galbraith. ¿Por qué habrían de incurrir en gastos, molestias e incertidumbre al tratar de crear nuevas apetencias, cuando con mucho mayor facilidad podrían buscar maneras mejores y más baratas de satisfacer los deseos que ya tienen los consumidores? Si estos, por ejemplo, tienen un discernible y aparente deseo de un detergente de cierto tipo, con seguridad será más fácil y menos costoso producirlo y anunciarlo que crear una necesidad nueva, por ejemplo, un detergente azul, y gastar luego grandes cantidades de dinero en campañas publicitarias para intentar convencer a la gente de que lo que en realidad necesitan son detergentes azules, porque el azul "es el color del cielo", o por cualquier otro motivo artificial. En síntesis, el punto de vista de Galbraith sobre el sistema del comercio y el mercado no tiene sentido. Más que emprender la tarea costosa, incierta y en el fondo innecesaria de encontrar una nueva apetencia para los consumidores, la actividad de los negocios tenderá a satisfacer aquellas que ya tienen, o encontrar un producto que llene un vacío. Luego la publicidad solamente se usa como medio para: a) dar información a los consumidores acerca de que el producto se encuentra disponible y explicar para qué sirve, y b) intentar convencerlos de que este producto satisfará una apetencia dada, es decir, que será realmente un detergente del tipo requerido.

En realidad, nuestra perspectiva es la única que da sentido a las crecientes cantidades de dinero que el comercio gasta en investigaciones de mercado. ¿Por qué molestarse en investigar detalladamente qué es lo que realmente quieren los consumidores si se pueden crear las apetencias mediante la publicidad? En caso de que la producción realmente creara su propia demanda por vía de la publicidad, como lo sostiene Galbraith, el comercio jamás tendría que volver a preocuparse por pérdidas o quiebras, o por el fracaso en cuanto a vender automáticamente todo bien que de manera arbitraria se decidiera producir. Es obvio que no habría necesidad de recurrir a investigaciones de mercado, ni tampoco preocuparse por lo que los consumidores compraran. Tal imagen del mundo es precisamente lo inverso de lo que ocurre. De hecho, precisamente porque los niveles de vida de la gente se apartan en forma creciente de la línea de subsistencia, los hombres de negocios se preocupan cada vez más intensamente por lo que los consumidores quieren y habrán de comprar. La variedad de artículos que se encuentran disponibles para el consumo se extiende tanto más allá de las sencillas provisiones para la subsistencia en cantidad, calidad y amplitud de productos sustitutivos que los productores tienen que competir como jamás lo hicieron antes en cuanto a cortejar al consumidor y tratar de atraer su atención con anuncios publicitarios. La publicidad aumenta en función de la creciente intensidad de la competencia para obtener el favor del consumidor.

No solamente los hombres de negocios tenderán a producir para satisfacer lo que creen que son los deseos dados de los consumidores, sino que estos, contrariamente a lo que ocurre en el caso de los votantes, como ya vimos, tienen en el mercado una prueba directa con respecto a toda publicidad que se les presenta. Si adquieren el detergente y descubren que no cumple con los requisitos que se desean, el producto pronto caerá en el olvido. Así, toda pretensión publicitaria para productos que están en el mercado puede, de una manera rápida y fácil, ser sometida a prueba por los consumidores. Frente a tales hechos, Galbraith solamente ha podido sostener que por vía de la publicidad se crea, en forma misteriosa y siniestra, una aversión hacia los productos que realmente se necesitan.

La publicidad es uno de los terrenos en los que Galbraith, de forma curiosa y en flagrante contradicción consigo mismo, trata los negocios privados de manera diferente de las actividades del gobierno. Así, mientras se supone que el comercio "crea" apetencias para el consumidor, determinando una opulencia artificial, al mismo tiempo el descuidado "sector público" queda cada vez más desnutrido y afectado. En apariencia, Galbraith nunca ha oído hablar de propaganda gubernamental, o rehúsa reconocer su existencia. Ni siquiera menciona las hordas de agentes de prensa, publicistas y propagandistas que trabajan para las agencias del gobierno, bombardeando a los contribuyentes con propaganda que estos tienen forzosamente que pagar. Como una parte considerable de la propaganda se destina a aumentos siempre crecientes de actividades burocráticas, esto significa que G (los funcionarios del gobierno) expropian a C (la masa de contribuyentes) con el fin de poder contratar mayor número de propagandistas para G y de persuadir a los contribuyentes de que se avengan a que se les extraigan aún más fondos. Y así sucesivamente. Es extraño que, en tanto que protesta con indignación contra los anuncios sobre detergentes y automóviles en la televisión, el profesor Galbraith jamás haya tenido que soportar los tediosos avisos comerciales de los servicios públicos que el gobierno televisa. Podemos referirnos a las conferencias de Washington en favor de organizaciones privadas influyentes que sirven de "cintas de transmisión" para la propaganda gubernamental y los "informes internos" que desempeñan igual función, y la gran cantidad de impresos subsidiada por el contribuyente y que el gobierno publica, etc.

En realidad, Galbraith no solamente no considera que la propaganda gubernamental crea apetencias artificiales (y recordemos que en este campo el consumidor carece de la prueba de mercado para verificar el producto), sino que una de sus principales proposiciones se refiere a un vasto programa de lo que llama "inversión en personas", que resulta ser una inversión en gran escala en "instrucción" gubernamental destinada a "elevar" las apetencias y gustos de los ciudadanos. En resumen, Galbraith quiere que el objetivo de la sociedad sea una expansión de la "Nueva Clase" (en general, intelectuales, que, según se supone alegremente, son los únicos que realmente disfrutan con su trabajo), "con énfasis sobre la instrucción y el efecto final sobre las demandas intelectuales, literarias y artísticas".

Parece evidente que, mientras Galbraith acusa al comercio y al mercado libre de crear apetencias artificiales en el consumidor, tiene la viga en su propio ojo. Es Galbraith quien ansía retacear y suprimir las apetencias legítimas del consumidor libremente elegidas, y quien aboga por un intento masivo y coercitivo por parte del gobierno para crear apetencias artificiales, "invirtiendo en hombres", "educándolos" con el fin de dar nueva dirección a sus gustos hacia los canales refinados y artísticos, que tanto agradan al profesor. Todos tendrán que abandonar sus aficiones para que sea posible obligarlos a leer libros (¿como, por ejemplo, The Affluent Society?).

Hay otras falacias graves en el enfoque de Galbraith sobre el gobierno. Después de tanto ocuparse del hecho de que, una vez vencida la pobreza, la utilidad marginal de nuevos bienes es menor, descubre que todo funciona en forma inversa en lo referente a las "necesidades gubernamentales". Estas, de algún modo místico, quedan exceptuadas de esa ley de las apetencias marginales decrecientes; en cambio, mirabile dictu, las necesidades del gobierno aumentan a medida que aumenta la opulencia en la sociedad. De esto Galbraith salta a la conclusión de que el gobierno debe trasladar los recursos, en forma masiva y obligatoria, del "superfluo" sector privado al hambriento y necesitado sector público. Pero tal traslado no puede ocurrir sobre la base de la utilidad marginal decreciente, puesto que toda necesidad en un nivel del ingreso real más elevado tiene menor utilidad que las necesidades de quienes se ven afectados por la pobreza. Es importante poner de manifiesto, respecto de necesidades "creadas", que la propaganda del gobierno tiene mucha mayor probabilidad de "crear" apetencias que el comercio; es decir, que los mismos términos de Galbraith pueden presentarse precisamente a la inversa, para lograr el traslado del sector gubernamental al privado. Por último, Galbraith, al lamentarse por la situación del sector público, que sufre de inanición, se las arregla para omitir dar a sus lectores la información de que las estadísticas, cualesquiera que sean las fuentes que se usen, demuestran que en el último medio siglo las actividades del gobierno han crecido mucho más que las privadas. El gobierno absorbe y confisca una parte mucho mayor del producto nacional que en años anteriores. ¡Cuánto menor es la utilidad, y cuánto más justificada la cuestión, en los propios términos de Galbraith, de que se produzca un traslado desde la actividad del gobierno hacia la privada!

También supone desaprensivamente, junto con otros autores, que muchos de los servicios gubernamentales son "bienes colectivos" y que en consecuencia la empresa privada no puede prestarlos. Sin ahondar más en la cuestión de que sea o no deseable la empresa privada en estos ámbitos, hay que advertir que Galbraith está completamente equivocado. No solamente su tesis es una mera afirmación, desprovista de apoyo en los hechos, sino que, por el contrario, la historia demuestra que todo servicio individual que por lo general se supone que puede prestar exclusivamente el gobierno ha sido proporcionado por el sector privado. Esto comprende servicios tales como la educación, la construcción y el mantenimiento de carreteras, la acuñación, la entrega de correspondencia, la protección policial, el servicio de bomberos, la administración de justicia y la defensa militar, todos los cuales, según se considera a menudo, necesariamente son del exclusivo resorte gubernamental.

Hay muchas otras falacias en el libro de Galbraith, pero la tesis central de The Affluent Society ya ha quedado examinada. Una de las razones por las que Galbraith considera muy peligroso el alto consumo de la época actual es la de que gran parte se financia con el crédito al consumidor, lo que en su opinión es "inflacionario" y conduce a la inestabilidad y a la depresión. Sin embargo, como veremos más adelante, el crédito al consumidor, que nada agrega a la provisión de dinero, no es inflacionario; simplemente permite a los clientes dar nueva dirección a la forma de sus gastos, de manera de poder comprar más de lo que desean ascendiendo en sus escalas de valores. En síntesis, pueden redirigir sus gastos de los bienes no durables a los durables. Esto constituye un traslado del poder adquisitivo, no un aumento inflacionario. El dispositivo del crédito al consumidor ha sido una invención altamente productiva.

Como podía preverse, Galbraith se refiere de modo muy desdeñoso a la explicación de la inflación basada en la oferta y la demanda, y en especial a la apropiada explicación monetaria, que califica de "mística". Su punto de vista en cuanto a la depresión es puramente keynesiano y da por sentado que es causada por una deficiencia de la demanda agregada. La "inflación" es un aumento de los precios que él combatiría sea reduciendo la demanda agregada por medio de impuestos elevados o bien por controles de precios selectivos y por la fijación compulsiva de salarios y precios de los rubros importantes. Como keynesiano que es, piensa que si se eligiera el primer camino la secuela sería la desocupación, pero eso en realidad no le preocupa, puesto que daría el revolucionario paso de separar el ingreso de la producción. Esta, según parece, solamente tiene importancia debido a que proporciona ingreso. (Hemos visto que la actividad gubernamental ya ha efectuado una considerable separación.) Propone una escala móvil de seguro de desocupación, provisto por el gobierno, que debe ser mayor en la depresión que en el auge; los pagos en la depresión subirían casi hasta el salario que prevalezca (por alguna razón, Galbraith no llegaría exactamente al mismo nivel, debido al temor que lo asalta respecto de algún efecto contrario sobre la búsqueda de empleos por parte de los desocupados). No parece darse cuenta de que esa es solamente una manera de agravar y prolongar la desocupación y de subsidiar indirectamente salarios superiores a los del mercado. No es necesario recalcar las otras vaguedades en que incurre el autor, tales como su adopción de la convencional preocupación ecologista acerca del agotamiento de los recursos naturales, posición que es, por supuesto, compatible con su ataque general al consumidor.

Como hemos indicado, existe un problema en cuanto a las escaseces y conflictos en el "sector público", que continúan presentándose en los servicios del gobierno, tales como la delincuencia juvenil, los embotellamientos de tránsito, las escuelas superpobladas, la falta de espacios para estacionar, etc. Ya vimos que el único remedio que los partidarios de la actividad gubernamental pueden proponer es que se deriven más fondos de la actividad privada a la pública. Sin embargo, hemos demostrado que tal escasez, o insuficiencia, es inherente a la actividad del llamado sector público. En lugar de percatarse de la ineficiencia del gobierno, autores como Galbraith endosan la culpa a los contribuyentes y consumidores, tal como es característico que los funcionarios de aguas corrientes echen la culpa a los consumidores cuando hay escasez de agua. En ningún momento Galbraith considera siquiera la posibilidad de revivir el sector público enfermo privatizándolo.

¿De qué manera sabría Galbraith que su ansiado "equilibrio social" ha sido alcanzado? ¿Qué criterio ha fijado para guiarnos en cuanto a la cantidad de traslado que debiera haber derivado a lo público? La respuesta es: ninguna; admite sin dificultad que no hay manera de descubrir el punto óptimo de equilibrio: "No se puede aplicar una prueba, porque tal prueba no existe". Pero, después de todo, no son importantes las definiciones precisas ni el "preciso equilibrio"; para Galbraith es tan "dado" como la luz que ahora debemos pasar de la actividad privada a la pública y en una medida "considerable". Cuando hayamos llegado, lo sabremos, pues entonces el sector público nadará en la opulencia. ¡Y pensar que es él quien acusa de "mística" a la teoría monetaria de la inflación, perfectamente sólida y lógica!

Antes de dejar la cuestión de la opulencia y el ataque al consumo, la meta misma del sistema económico entero, hagamos notar dos aportes estimulantes en los últimos años, a propósito de las funciones ocultas pero importantes del consumo de artículos de lujo, en especial por parte de los "ricos". F. A. Hayek ha señalado la importante función del consumo suntuario de los ricos, que actúan como pioneros de nuevas formas de consumo y así allanan el camino para la ulterior difusión de tales "innovaciones de consumo" hasta la masa de consumidores. Y Bertrand de Jouvenel, al destacar el hecho de que los gustos refinados, estéticos y culturales se concentran precisamente en los miembros más opulentos de la sociedad, señala también que tales ciudadanos son quienes pueden prestar libre y voluntariamente muchos servicios gratuitos a los demás, que precisamente por ser libres no se computan en las estadísticas de la renta nacional.

sábado, 4 de julio de 2020

La peor consecuencia de la inflación.

Pobreza y decadencia moral.

El mayor daño ocasionado por la inflación.


"Creo que esta historia es como una fábula cuya moraleja confirma el viejo axioma revolucionario según el cual para destruir un país lo primero que hay que hacer es corromper su dinero. Por ello el principal bastión para la defensa de una sociedad debe ser la solidez de su moneda", dijo sabiamente el escritor Adam Fergusson en su libro clásico titulado "Cuando muere el dinero", mientras relataba las consecuencias económicas y sociales que sufrió Alemania en la década del 20 a raíz de la hiperinflación.

No es simplemente una frase al aire, sin ir más lejos, la "Operación Bernhard", fue un plan del Tercer Reich que consistió en falsificar billetes británicos con el fin de arrojarlos sobre el Reino Unido para provocar un desastre económico en aquel territorio, y de esa forma, sacar ventaja durante la 2da Guerra Mundial. El propio Keynes al examinar las distintas inflaciones que se habían producido tras la 1ra Guerra Mundial, escribió: "No existe un medio más seguro y sutil para alterar las bases existentes de la sociedad que corromper la moneda. El proceso compromete todas las fuerzas escondidas de la ley económica del lado de la destrucción, y lo hace de un modo tal que ni un hombre en un millón es capaz de diagnosticarlo".

La mejor forma de comprender lo que implica la destrucción de la institución del dinero por parte de la inflación es observando, precisamente, algunos ejemplos históricos, por ejemplo, el de la hiperinflación alemana. El valor oro del dinero esparcido por la economía antes de la guerra era equivalente a 300 millones de libras, y el del existente en julio de 1922, 83 millones de libras, pero en noviembre sólo valía 20 millones de libras esterlinas. Cuantos más billetes se imprimían más bajo caía su valor, con lo que se comprobaba la tesis copernicana expuesta por el rey Segismundo de Polonia en 1526 de que el "dinero pierde su valor cuando abunda demasiado". Los billetes se mantenían en las manos del público el menor tiempo posible. Los talones y cheques bancarios no se aceptaban más que en casos excepcionales. Todo aquel que recibía dinero por las cosas que vendía corría rápidamente a transformarlo en otras cosas, y el dinero no se paraba de mover nunca; de esta manera, al "circular" diez veces más deprisa de lo normal, era como si existiese diez veces más dinero.

En el año 1922, en Alemania, los precios aumentaban semanalmente pero, en determinados momentos de 1923, comenzaron a aumentar diariamente. Allá por el mes de julio el público advirtió que "el dinero era como chocolate caliente que se derretía en los bolsillos" (Ludwig von Mises, en las conferencias que desarrolló en la ciudad de Buenos Aires en 1959), expresión mucho más impactante que la que dice que "aumentaba la velocidad de circulación del dinero". El mismo Mises definió la inflación de modo más práctico ante la pregunta que le hicieron los funcionarios de la Sociedad de las Naciones que habían visitado Austria para ver de más cerca el proceso hiperinflacionario de este país en 1922. Los acompañó de noche ante el edificio de la casa de la moneda y viendo las luces encendidas y el ruido de las máquinas impresoras de billetes, les dijo: "eso es la inflación".

La gente se encontró con que los ahorros de toda su vida no eran suficientes para comprar un paquete de cigarrillos. El gobierno alemán, en efecto, les había robado prácticamente todas sus posesiones con el simple proceso de mantener en funcionamiento más de 1.700 imprentas día y noche, imprimiendo dinero. Se imprimía tantos billetes que muchos solo se imprimían de un solo lado. 


William Guttman relata en su libro, cómo una taza de café aumentaba de 5.000 a 8.000 marcos mientras se bebía, y un par de zapatos que costaba 12 marcos en 1913 se vendía a 32 trillones de marcos en noviembre de 1923. Muchos han echado la culpa a este período de caos económico y amarga desilusión de preparar el camino para la llegada de Adolf Hitler y los nazis. Fue en este periodo de inflación galopante, que el propio Hitler acuñó la elocuente frase "multimillonarios hambrientos", ya que había alemanes con miles de millones de marcos a quienes no les alcanzaba para comprar comida. Fergusson por su parte, relataba sobre las dificultades en las que se veían algunos americanos en Berlín porque nadie tenía suficientes marcos para darles el vuelto de un billete de cinco dólares. Se contaba que estudiantes extranjeros compraban manzanas enteras de casas con sus asignaciones, y los comerciantes hablaban de como les habían robado y se encontraron con que los ladrones se habían llevado las carteras y los maletines en los que guardaban su dinero y habían dejado tirado en el suelo los billetes. Había personas que vivían vendiendo cada día un diminuto eslabón de la cadena de oro del crucifijo. Llegó un punto en el que ya ni siquiera a los billetes les imprimían número de serie para controlarlos y evitar falsificaciones, puesto que el valor del billete era tan bajo que hasta falsificarlo salía más caro.

"No obstante, la reacción natural de la mayoría de los alemanes, austriacos o húngaros, como suele ocurrir a todos los que son víctimas de la inflación, fue la de aceptar no tanto que su dinero había perdido poder adquisitivo sino que lo que se podía comprar con él era más caro en términos absolutos; no que su moneda se estaba depreciando sino que suponían, especialmente al principio, que las demás divisas se estaba revaluando injustamente, disparando el precio de los artículos de primera necesidad. Era algo parecido al pensamiento de aquellos que creen que el Sol, los planetas y las estrellas giran alrededor de la Tierra". Escribió Fergusson. Probablemente, algo que resultará familiar a más de uno. 

En una larga entrevista que mantuvo muchos años más tarde Pearl Buck con Erna Von Pustau, hija de un pequeño comerciante de pescado de Hamburgo, ésta insistía en el mismo punto: "Solíamos decir: el dolar sigue subiendo, cuando en realidad el dolar permanecía estable y era el marco el que caía. Pero, mire, como podíamos pensar que el marco estuviese bajando cuando en cifras seguía subiendo, al igual que los precios, y esto era mucho más evidente que la pérdida de valor de nuestro dinero... Todo era una locura, y la gente se volvió loca".

El dinero no es más que un medio de intercambio. Sólo cuando tiene un valor reconocido por más de una persona puede utilizarse con este fin. Cuanto más general es este reconocimiento, más útil es su función. Cuando nadie confía en él, como aprendieron los alemanes, el papel moneda no tiene ningún valor ni utilidad, salvo para empapelar paredes o como papel higiénico. El descubrimiento que destrozó la sociedad alemana fue comprobar que el medio tradicional de depósito del poder adquisitivo había desaparecido, y que no había forma de medir el valor de las cosas. No es descabellado decir que el dinero es la fuerza impulsora de la civilización. Para entender esta afirmación, basta mencionar que, en determinado momento, las diferentes comunidades comenzaron a emitir su propio dinero basado en mercancías, como, por ejemplo, una cierta cantidad de patatas o de centeno. Las fábricas de zapatos pegaban a sus trabajadores en vales para zapatos, que luego ellos entregaban en la panadería o en la carnicería a cambio de lo que necesitaban. En pocas palabras, se había regresado al estado de trueque que imperaba en las comunidades autarquicas primitivas.

Pero más allá del desastre económico, el daño moral y espiritual es sencillamente lo más doloroso de la inflación. Y Fergusson, mejor no lo podría haber descrito: "En la guerra, unas botas; en la huida, un sitio en un barco o en un camión pueden ser lo más importante de este mundo, más preciado que una fortuna incalculable. En tiempos de hiperinflación, un kilo de patatas valía para algunos más que toda la plata de la familia, y un pedazo de carne, más que el piano de cola. Un prostituta en la familia era mejor que un hijo muerto; robar era preferible a pesar hambre; no pasar frío, más importante que conservar el honor; vestirse más esencial que la democracia, y comer, más necesario que la libertad".

El dinero, es la institución social por excelencia. De él, dependen la estructura productiva y más que eso, de él depende la cooperación voluntaria de ese orden espontáneo que denominamos mercado. A través del sistema de precios, en relación a los bienes y servicios, y la oferta y la demanda de los mismos, se transmiten mensajes que permiten organizar la producción, e indican a los consumidores cuando hay mucho o poco de un bien. Facilita el orden social. "Engrasa" por así decirlo, el mecanismo que permite a los individuos crear verdadera riqueza, los bienes y servicios que se pueden adquirir con dicho dinero. La inflación, desarticula el proceso productivo. Transmite información errónea a los actores, influye de manera negativa sobre los precios relativos y cubre cualquier proceso económico con un velo de ilusión. Confunde y engaña a la inmensa mayoría, incluso a quienes sufren sus consecuencias.

Thomas Sowell en un artículo titulado "Grandes mentiras de la política" expresó que "La inflación es una mentira discreta, en virtud de la cual el Estado puede mantener sus promesas sobre el papel, pero con dinero mucho menos valioso que el dinero en circulación en el momento en el que se hicieron las promesas".

Para comprender mejor esta afirmación, simplemente miremos este curioso hecho. El dólar estadounidense era canjeable por oro tan sólo con solicitarlo hasta 1933. Desde entonces, Estados Unidos ha tenido simplemente papel moneda, con una oferta limitada por el cálculo circunstancial de los políticos. Para darnos una idea de los efectos acumulativos de la inflación, un billete de cien dólares compraba menos en 1998 de lo que podía comprar un billete de veinte dólares en la década de 1960. Entre otras cosas, esto quiere decir que la gente que ahorró dinero en la década de 1960 fue robada de forma silenciosa de cuatro quintas partes del valor de su dinero en el curso de tres décadas. Sin embargo, por preocupante que sea la inflación en Estados Unidos, termina siendo insignificante en comparación a los niveles de inflación alcanzados por otros países.

Por eso se dice que la inflación es un impuesto encubierto, pues implica una transferencia de riqueza, bienes y servicios, desde la población al gobierno y los grupos de interés asociados a él. Pero la inflación no es solamente un impuesto oculto, también es un impuesto masivo. Un gobierno puede anunciar que no aumentará los impuestos, o que sólo aumentarán para "los ricos", como sea que éstos sean definidos, pero al crear inflación el gobierno transfiere parte de la riqueza de todo el que tenga dinero, es decir, absorbe la riqueza de personas ubicadas en un amplio rango de ingresos y riqueza, desde los más ricos hasta los más pobres. En la medida en que los ricos tengan invertida su riqueza en acciones, bienes raíz u otros activos intangibles cuyo valor aumenta junto con la inflación, puede que logren eludir una parte de este impuesto de facto, a diferencia de la gente de ingresos más bajos que seguramente no podrá eludirlo.

Fue esto lo que llevó a decir a Murray N. Rothbard en su libro sobre la Gran Depresión que: "El gobierno es una institución inherentemente inflacionista, y, consecuentemente, casi siempre ha comenzado, estimulado y dirigido el auge inflacionario. El gobierno es inherentemente inflacionario porque, a través de los siglos, ha adquirido el control sobre el sistema monetario. Tener el poder de imprimir dinero (incluyendo la impresión de depósitos bancarios) le permite acudir a una forma de recaudación siempre lista. La inflación es una forma de gravamen, ya que el gobierno puede crear dinero de la nada y emplearlo para comprar bienes y servicios excluyendo a los privados, quienes serían severamente penalizados de realizar una falsificación similar. La inflación, entonces, funciona como un placentero sustituto de los impuestos para los burócratas y sus grupos privilegiados, y es un sustituto sutil que el público general puede fácilmente, y puede que se lo incentive a esto, pasar por alto".

Quizá quien pueda expresar mejor el verdadero daño que causa la inflación, sea el excelente economista argentino y ex ministro de economía de dicho país, conocido por su enorme dedicación a estudiar y combatir el fenómeno de la inflación, Domingo Cavallo. En su libro "Estanflación" del año 2008, escribió lo siguiente: "Las consecuencias económicas de la inflación son graves. Pero las morales y espirituales son aún más graves. Y son estas consecuencias las que llevan a toda la gente, no solo a los economistas, a preguntarse con ansiedad cuanto tiempo llevará esta vez volver a la estabilidad".

"(...) A medida que en una economía hay más inflación, las personas son engañadas de manera frecuente y reiterada, lo que crea un clima cada vez más angustiante de desconfianza e inseguridad. Este clima no tarda en extenderse a casi todas las relaciones interpersonales de la vida social".

"La inflación es una suerte de robo serial facilitado por el engaño. Cuando hay inflación, quien más y quien menos, roba a, y es robado por, otras personas... y el gobierno roba a todos. Se trata de un robo encubierto, un robo del que la víctima se da cuenta recién después de un tiempo. Cuando ello ocurre, quienes han sido robados sienten el impulso de tomar revancha... robando a otros, hasta que estos últimos se dan cuenta y reaccionan de la misma forma. Y así sucesivamente la enfermedad se va haciendo más y más contagiosa. Más virulenta y más cruel".

"Este fenómeno lleva a que funcionen cada vez peor las instituciones que deberían organizar la vida en sociedad".

"Asimismo, la inflación alienta a la organización corporativa de la sociedad y corroe los mecanismos de la democracia participativa, en la que las corporaciones y no los ciudadanos tienen influencia decisiva en las decisiones políticas de los gobernantes. Quienes más pierden son los ciudadanos que no se organizan corporativamente para defender los intereses de su sector y evitar ser víctimas de la puja distributiva despiadada".